En Palma, el 1 de agosto de 2022, se firmó el real decreto-ley que durante algo más de un año puso dos cifras en los termostatos de las oficinas españolas. Su artículo 29 limitaba la temperatura del aire a un máximo de 19 °C en los recintos con calefacción y a un mínimo de 27 °C en los refrigerados, y obligaba a explicar esos límites con carteles o pantallas visibles desde la entrada del edificio. Era el Real Decreto-ley 14/2022, y la medida llevaba escrita su propia caducidad: el 1 de noviembre de 2023.
Aquel decreto trataba cada sala con una sola cifra. La pregunta de por qué, dentro de la misma sala, las mujeres sienten más frío que los hombres no cabe en esa cifra, y la investigación la ha estudiado con más matices. Mi lectura, apoyada en los estudios que cito a continuación, es esta: la temperatura que prefieren hombres y mujeres es casi la misma, y lo que cambia es cuánto le cuesta a cada uno apartarse de ella. Una parte de ese frío se decide lejos del termostato, en el sitio que ocupa cada mesa frente al cristal, la rejilla del aire o el suelo, y en si quien se sienta allí puede corregir su rincón sin negociarlo con toda la planta.
Un hombre de setenta kilos en el origen de la polémica
La discusión nació en la fisiología. El met, la unidad con la que se expresa cuánta energía gasta un cuerpo, se obtuvo por primera vez del consumo de oxígeno en reposo de una sola persona, un hombre de 40 años y 70 kilos. Lo recordaban en 2005 Byrne y sus colegas en un artículo del Journal of Applied Physiology titulado Metabolic equivalent: one size does not fit all: en una muestra amplia y heterogénea, aquel valor sobrestimaba de media un 35 % el consumo real de oxígeno en reposo.
Diez años más tarde, Boris Kingma y Wouter van Marken Lichtenbelt, investigadores de Maastricht, aplicaron esa duda al clima de los edificios en un artículo de Nature Climate Change. Las normas sobre el clima interior, escribieron, descansan en un modelo de confort térmico desarrollado en los años sesenta, y los valores estándar de una de sus variables principales, la tasa metabólica, se basan en un varón medio y pueden sobrestimar la de las mujeres hasta en un 35 %. Según ellos, eso puede hacer que los edificios sean energéticamente ineficientes por diseño cuando se trata de dar confort a las mujeres. Bjarne Olesen, de la Universidad Técnica de Dinamarca, les respondió ese mismo año en el REHVA Journal con una objeción de método: el experimento había medido a dieciséis mujeres en trabajo sedentario, y para poder comparar habría hecho falta estudiar también a dieciséis hombres en la misma actividad.
Ante el mismo termostato, casi la misma cifra
Olesen vuelve a los ensayos sobre los que se construyeron las normas internacionales de confort térmico, la EN ISO 7730 entre ellas. En aquellos experimentos participaban hombres y mujeres en igual número, con la misma ropa ligera y la misma actividad sentada. Sumados los trabajos de Nevins (1966) y de Fanger, 488 hombres prefirieron de media 25,4 °C y 488 mujeres 25,8 °C; en el estudio de Fanger y Langkilde de 1975 las cifras fueron 25,0 y 25,1 °C. Cuando en verano, en oficinas con aire acondicionado, ellas tienen más frío que ellos, la explicación está en la mayoría de los casos, según Olesen, en la ropa: las mujeres adaptan lo que llevan a la estación, mientras los hombres siguen con traje y corbata.
En 2012 Sami Karjalainen, del VTT, el centro finlandés de investigación técnica, repasó en Indoor Air la literatura sobre confort térmico y género. En la mayoría de los estudios la temperatura neutra, aquella en la que no se siente ni frío ni calor, no muestra diferencias significativas entre sexos. Aun así, claramente más de la mitad de los trabajos de laboratorio y de campo encuentran a las mujeres más insatisfechas que a los hombres en el mismo ambiente, y su metaanálisis calcula una razón de 1,74 en la probabilidad de declararse descontento con el clima, mujeres frente a hombres. Las mujeres, escribe, son más sensibles que los hombres a una desviación de la temperatura óptima, sobre todo cuando el ambiente es fresco, y tienen de media una mayor necesidad de controlar su propia temperatura y de adaptarse.
Lo que miden las normas españolas
En España el clima de una oficina lo tocan, entre otras, dos normas de naturaleza distinta. La primera persigue el ahorro de energía. El Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, el RITE, limita en su instrucción técnica 3.8.2 la temperatura del aire en los locales de uso administrativo, entre otros: no más de 21 °C cuando se calienta y no menos de 26 °C cuando se enfría, siempre que para ello se consuma energía convencional, con una humedad relativa entre el 30 y el 70 %. Son los valores del texto consolidado que publica hoy el BOE; los 19 y 27 °C de 2022 fueron un plan de choque temporal que expiró en noviembre de 2023. El propio RITE explica cómo se comprueba el cumplimiento: al menos una medición cada 100 metros cuadrados, a 1,7 metros del suelo, procurando que la mayoría coincida con los puestos de trabajo, y el recinto se da por conforme si su temperatura media no se aparta más de un grado de esos límites.
La segunda norma mira a la persona. El Real Decreto 486/1997, sobre lugares de trabajo, establece en su anexo III que la temperatura de los locales donde se realicen «trabajos sedentarios propios de oficinas o similares» estará comprendida entre 17 y 27 °C, y pide que, en la medida de lo posible, las condiciones ambientales no sean una fuente de incomodidad: deben evitarse «las corrientes de aire molestas» y, en particular, «la radiación solar a través de ventanas, luces o tabiques acristalados». Para el aire acondicionado da una cifra concreta, 0,25 metros por segundo como límite en trabajos sedentarios cuando la exposición es frecuente o continuada. El decreto de 2022 no lo ignoraba: sus umbrales debían ajustarse, en su caso, para cumplir lo previsto en el Real Decreto 486/1997.
Leo en esas dos normas la misma distancia que separa los estudios. El RITE vigila una media tomada a 1,7 metros del suelo; el anexo III, en cambio, ya nombra dos molestias que caen sobre una mesa concreta y no sobre la sala entera, el sol que entra por el vidrio y la corriente de aire. La norma técnica termina de dibujar el mapa. Además del voto medio sobre el confort del cuerpo entero, la EN ISO 7730 distingue cuatro causas de incomodidad local: las corrientes de aire, la diferencia de temperatura entre la cabeza y los tobillos, el suelo demasiado caliente o demasiado frío y la asimetría de la temperatura radiante, es decir, el desequilibrio entre el calor que el cuerpo intercambia con las superficies de un lado y del otro. Una medición a 1,7 metros del suelo dice cuánto calienta la sala; no dice qué sienten los tobillos de quien trabaja sentado junto a un ventanal en enero.
Cinco preguntas antes de fijar un puesto
¿Le da el sol a través del cristal?
El anexo III del Real Decreto 486/1997 pide evitar, en particular, la radiación solar a través de ventanas y tabiques acristalados.
¿Queda dentro del chorro del aire?
Con aire acondicionado y trabajo sedentario, el mismo anexo fija en 0,25 metros por segundo el límite de la corriente para una exposición frecuente o continuada.
¿Tiene a un lado una gran superficie fría?
La EN ISO 7730 llama a ese desequilibrio asimetría de la temperatura radiante.
¿Qué hay bajo los pies?
El suelo demasiado frío y la diferencia de temperatura entre la cabeza y los tobillos son dos de las cuatro causas de incomodidad local de la misma norma.
¿Puede quien se sienta ahí cambiar de sitio?
Según la revisión de Karjalainen, las mujeres tienen de media una mayor necesidad de controlar su temperatura y de adaptarse.
El sitio de cada mesa, antes que el grado de la sala
Ninguna de esas preguntas prohíbe un puesto junto a la fachada. Sirven para saber de antemano dónde la media del termostato dejará de valer para la persona que se siente allí, y la revisión de Karjalainen indica que ese desvío pesa más sobre quien es más sensible a él. De ahí un orden de trabajo: cuando se eligen los puestos operativos de una planta, su posición respecto al vidrio, a las rejillas de impulsión y al suelo se decide en la misma reunión, con el plano delante, y no después, cuando las mesas ya están montadas.
Queda el control. Una planta con un solo clima obliga a pactar una cifra entre personas que toleran de forma distinta el mismo desvío. Si el área operativa ofrece rincones con condiciones distintas, uno resguardado del cristal y de la salida del aire, otro más cerca de la ventilación, quien pasa frío junto a la fachada en enero puede trasladarse a una mesa interior sin pedir que suba la calefacción para todos. Que eso rebaje las discusiones entre compañeros es una lectura mía: ninguno de los estudios citados lo mide.
Un experimento de Berlín, en cambio, sí midió algo que conviene tener presente. En 2019 Tom Chang y Agne Kajackaite publicaron en PLOS ONE los resultados de 543 estudiantes que resolvieron pruebas en un laboratorio cuya temperatura variaba de una sesión a otra entre 16,19 y 32,57 °C. Con más calor, las mujeres rindieron mejor en matemáticas y en la prueba verbal, y en los hombres el efecto fue el contrario, aunque el descenso resultó en general pequeño y estadísticamente no significativo: en ellas, cada grado más se asociaba a un 1,76 % más de respuestas de matemáticas acertadas. Los autores lo atribuyen en parte a un mayor esfuerzo, porque entregaban más respuestas sin que aumentara su tasa de error, y la temperatura no tuvo efecto en la prueba de reflexión cognitiva. Eran sesiones de alrededor de una hora, con estudiantes, y lo que cambiaba era la temperatura de toda la sala, no el sitio de cada persona. Con esos límites, el ensayo basta para tomarse el frío de quien trabaja al lado como algo más que una cuestión de gusto.
Quien amuebla una oficina no regula la caldera ni tiene que arbitrar la polémica entre fisiólogos. Tiene el plano y cinco preguntas. El BOE fija los grados de la sala; los de cada mesa se deciden con la cinta métrica, antes de que nadie se siente.
Respuestas rápidas
¿Por qué las mujeres pasan más frío en la oficina?
En la mayoría de los estudios hombres y mujeres no muestran diferencias significativas en la temperatura neutra, pero las mujeres son más sensibles a los desvíos, sobre todo hacia el fresco, y declaran insatisfacción térmica con una probabilidad 1,74 veces la de los hombres (Karjalainen, Indoor Air, 2012). Kingma y van Marken Lichtenbelt (Nature Climate Change, 2015) añaden que los valores estándar del metabolismo, basados en un varón medio, pueden sobrestimar el de las mujeres hasta un 35 %.
¿Qué temperatura debe haber en una oficina en España?
El anexo III del Real Decreto 486/1997 fija entre 17 y 27 °C para trabajos sedentarios propios de oficinas. El RITE (IT 3.8.2) limita el aire de los locales administrativos a un máximo de 21 °C con calefacción y un mínimo de 26 °C con refrigeración cuando se consume energía convencional; la IT 3.8.5 lo comprueba con mediciones a 1,7 metros del suelo.
¿Siguen vigentes los 19 y 27 grados de 2022?
No. El artículo 29 del Real Decreto-ley 14/2022 fijaba 19 °C con calefacción y 27 °C con refrigeración, pero su propio texto limitaba esa obligación hasta el 1 de noviembre de 2023.
¿Cómo se colocan los puestos para evitar el frío?
Antes de asignar las mesas se revisa en el plano la radiación solar a través del cristal y las corrientes de aire (anexo III del Real Decreto 486/1997, con 0,25 m/s para aire acondicionado y trabajo sedentario) y las cuatro causas de incomodidad local de la EN ISO 7730: corrientes, diferencia entre cabeza y tobillos, suelo frío y asimetría radiante. Ofrecer zonas con condiciones distintas permite a cada persona elegir.